Épica Mongolia: Tras la senda del GS Trophy. Parte 2

El recorrido del cuarto día nos cambió el desierto por estepa en la que cada tanto nos encontrábamos pasos de arena suelta, algunos tramos largos que pasaron factura a más de uno, y que en un punto le cedió el paso a un paisaje extraterrestre, en el que rodamos al filo de los acantilados conocidos como Flaming Cliff, y que literalmente cortan la tierra como si el paso de un terremoto se hubiese fosilizado sobre su curtida superficie.

Ese fue el día de las gacelas persas en loca carrera y bla, bla, bla, todo lo del principio. El otro espectáculo, este no tan sublime mas no por ello menos curioso, fue el de pequeños roedores que parecían ratas con patas largas atrás y cortas adelante, que salían de una madriguera y corrían entreputados para ir a buscar refugio en otra. Eran miles y miles, y por momentos alcanzaban a tapizar el piso, según parece, los roedores son jerbos, especie de ratón típica de la estepa mogol, y verlos era como presenciar un montón de Speedy González corriendo al mismo tiempo, espantados seguramente por el ruido de los motores y la vibración del piso a nuestro paso. Durante algunas de las paradas tuvimos ocasión de ver en vivo y en directo la esquila de las ovejas con nada más que un par de tijeras, impresionante la habilidad de estas personas que sin ningún tipo de ayuda tecnológica son capaces de dejar calvo de cuerpo entero a uno de estos animales en cuestión de pocos minutos. Y hablando de animales ese día fui yo el que aprendió en carne propia aquello de que “el que pega por atrás paga”, luego de que me llevara por delante otra moto reventándole el stop y el porta placa  (¡y yo que venía invicto!), al menos la cerveza fría Borgio de aquella noche hizo las veces de paliativo al mal sabor de boca.

Camp Ongi marcaba el punto de retorno de esta expedición, a partir de allí retomamos rumbo al norte hacia la capital, en un trayecto que nos tomaría dos días más de camino, el primero de los cuales, de 365 kilómetros habría de terminar a orillas del lago Ugij. La verdad el camino no fue fácil, más que nada porque la acumulación de polvo, sol, frío, calor y los kilómetros que hacían mella en los cuerpos y en las caras de todos, sin que por eso dejáramos de sonreír y sentirnos satisfechos.

Los primeros kilómetros del quinto día fueron de estepa similar a la del día anterior, pero poco a poco el paisaje se fue modificando, pasando de agrestes tierras ocres, a vastas praderas verdes con frecuentes pasos de agua cristalina. Fue por allí que vimos las primeras vacas, lo que apaciguó nuestras dudas sobre la procedencia de la carne que habíamos consumido hasta entonces. Casi a medio camino llegamos a Kharakhorum, segunda ciudad en importancia de Mongolia, y que fuera ciudad capital durante un breve período entre 1235 y 1260. En la ciudad nos detuvimos para una visita al monasterio budista Erdene Zuu, el primero en su tipo y un lugar al que, independientemente de credo religioso o de si crees o no, vale la pena visitar; el nivel de detalle ene cada uno de sus rincones, paredes, puertas y techos justifican el ir allí a deleitarse con la capacidad del ser humano de crear algo maravilloso cuando se lo propone. Allí también tuvimos la oportunidad de contemplar una espectacular águila real, entrenada en el arte de la cetrería que consiste en la caza mediante el uso de aves de presa. Sus garras son del tamaño de mi mano, su plumaje café oscuro, un pico afilado que le gana de lejos a mi nariz, y una mirada solemne, impenetrable, imponente, intimidante, y aún así, ante semejante derroche de majestuosidad no se puede menos que sentir lástima al ver a este incomparable animal encadenado y exhibido como un trofeo para la foto del turista ocasional. Algo me dice que sus vuelos de caza no son suficientes para su espíritu ancestral.

Tras la visita al templo continuamos camino por senderos unas veces claramente definidos y otras no tanto, y que en algunos trechos estaban condicionados por restos de un asfalto del que ahora solo quedan más baches que alquitrán y que a cada golpe y vibración nos dejaban la marca en forma de un cansancio cada vez más extremo. Casi al llegar a destino aquel día, nos topamos con una zona en cuarentena, al parecer varios animales venían siendo presa de una plaga y por ello rebaños enteros estaban contenidos en procura de encontrar una cura. Esto ocasionó que para llegar al campamento junto al lago debiéramos descender por uno de esos caminos de roca suelta rompe clavícula, de esos que tanto me gustan a mí, afortunadamente llegamos enteros, más allá de las caídas que tuvieron lugar, esa noche una tibia fogata y una entretenida tertulia fueron las cómplices a la que sería nuestra última noche de camino, y es inevitable agregar que algo de nostalgia ya flotaba en el aire.

Última parada

362 km nos separaban de Ulán Bator. Empezamos el día con una tanda de tiro al arco, no muy redituable en términos de puntería criolla, a lo que le siguió un rodeo al lago Ugij, ya sobre las motos y sobre senderos espectaculares no faltos de las consabidas trampas de arena.

Luego del almuerzo volvimos al asfalto para encarar la última parte de estos seis días francamente increíbles. Si antes no entendía para qué carajos me metía yo en estas vainas, ahora me embargaba una emoción completamente distinta, en mi mente se traslapaban sensaciones de todo calibre, tristeza de llegar al final, alivio de hacerlo una sola pieza, maravillado ante todo lo visto, preocupado por cómo encontraría las cosas una vez de vuelta en casa. Fueron seis días que se sintieron como un mes, absolutamente desconectado de todo, sin redes sociales, si hyper conectividad instantánea, seis días en los que pude dedicarme a vivir el momento sin pensar más allá de lo que estaba haciendo, saboreando enteramente cada instante, cada vista de los camellos que vagaban solos en la línea del horizonte sin mensajes urgentes ni notificaciones inmediatas de tanta pendejada con la que hemos llenado los silencios de nuestros días. Silencios que por estas tierras mongolas son espacios de aprendizaje, o de pura y física vagabundería ¡qué más da! pero silencios al fin y al cabo.

A cada tramo sentíamos cada vez más cerca la llegada final, ¿y entonces qué, con qué seguimos? Llegar a des atrasarse de correos, otra vez los 4 aviones para volver. ¿Ya habrá llegado la mercancía que había pedido, cuántos chicharrones me estarán esperando en la oficina? Las mujeres lloraban y los hombres… cada uno con su procesión por dentro, todos con el cansancio en los huesos y la carne pero con el espíritu por las nubes.

Y entonces llegamos a Ulán Bator, nos detuvimos en una estación de gasolina para llenar los tanques de las R 1200 GS Rally con todas sus siglas, y en esas estábamos cuando uno de los que llegó, en vez de bajar el gato lateral, como mandan las buenas costumbres, simplemente se dejó caer al piso. Más se demoró el tipo en caer que yo en empezar a gozármelo, hasta que caí en cuenta que el tipo no se estaba haciendo el gracioso sino que literalmente se había desmayado del agotamiento tan verraco que tenía encima. Luego fuimos a dejar las motos con toda la amargura del caso y después para el hotel, al día siguiente, ya a pie, fuimos a visitar el imponente monumento a Gengis Kan, a pasear un rato por la capital y preparar las maletas para volver a casa, atrás dejamos personas increíbles, amables, sonrientes, siempre dispuestas a dar una mano más allá de las barreras del idioma, dejamos a los simpáticos choferes de las UAZ que siempre estuvieron impolutas, no sé cómo lo hacían pero todos los días, a cualquier hora, esas camionetas que parecían usar tierra como combustible, estaban impecablemente presentadas. Dejamos un país que muchos pueden considerar retrasado, y que sin embargo nos lleva de lejos la delantera en aprovechamiento de los recursos naturales, haciendo uso de energía solar, cuidando el agua escasa y que en Colombia desperdiciamos dándola por eterna. Y dejamos atrás por supuesto a los parceros libaneses que están locos como las cabras de su tierra, y a todo el personal de EnduroPark Andalucía, a Tom y Chris siempre sonrientes, con quienes, junto a Mauro y Ruta 40, estaré siempre agradecido por esta magnífica invitación, porque definitivamente lo que uno se lleva al cajón no es la plata que se pueda ahorrar en un viaje al no hacerlo, lo que se lleva son experiencias, así sea cliché decirlo, y una experiencia como esta vale la pena vivirla. ¡¡¡S I N  P E N S A R L O!!!

Épica: Mongolia: Tras la senda del GS Trophy. Parte 1

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