Épica: Mongolia, tras la senda del GS Trophy. Parte 1

En medio de la infinita vastedad del desierto de Gobi, luego tres días más una mañana rodando a los mandos de una espectacular BMW Rally SS TFT sobre la superficie árida, justo cuando el paisaje empezaba a perder el encanto del descubrimiento para pasar a la rutina de lo conocido, de alguna parte, como una aparición, desde muy lejos a mi derecha logré distinguir un rebaño de gacelas persas que parecía venir en desbandada hacia mí y que a cada segundo se hacían más y más grandes mientras yo, en mi imprecisa línea recta, y ellas en perfecta diagonal, parecíamos trágicamente encaminados a cruzar nuestras trayectorias. ¿Por qué no soy capaz de soltar el acelerador, hacia dónde me muevo para evitar chocarme contra ellas?

La escena, absurdamente magnífica y aterradora a la vez, se extendía en cámara lenta ante mis incrédulos ojos; ellas en su frenética carrera bajo el sol ardiente del medio día dejando a su paso una estela gigante de polvo que quedaba flotando plácidamente en el aire, y yo con esta mezcla de sensaciones sin poder evitar a la vez la emoción piel de gallina que me producía ver el espectáculo de estos animales y el susto de un inminente choque. Iba solo en aquel momento por lo que ninguno de los compañeros que conformaban el grupo de esta inédita aventura puede corroborar o negar este acontecimiento, de manera que a quien esto lea no le queda más opción que creer en lo que aquí narro, más allá de la fama que me pueda preceder. Decía entonces que ellas en su galope por la vida y yo en mi embelesamiento absoluto, acercábamos lenta e inexorablemente nuestras trayectorias hasta que, las gacelas, en espectacular despliegue de agilidad y velocidad natural, se cruzaron frente a mí en una escena digna de un especial de National Geographic. El alivio que sentí no hay como describirlo, pero lo que acababa de presenciar es sin lugar a dudas, uno de los momentos más increíbles de mi experiencia como motociclista.

El cómo y el por qué

Fue hace casi 20 años que sucedió algo a lo que más allá del momento no le paré ni cinco de bolas, y que sin embargo por alguna razón, ese algo sin darme cuenta se tatuó para siempre en mi memoria. Me tocó (porque uno de adolescente no va por voluntad propia a hacer vueltas con su papá), acompañar al viejo a recoger un carro que acababa de comprar. Entramos al almacén de BMW y mientras él organizaba papeles y detalles, yo sentado en la sala de espera, me puse a ojear una edición de la BMW Motorcycle Magazine sin mayor interés, hasta que en una de sus páginas me encontré con unas fotos impresionantes de la R 1100 GS que había sido lanzada en… redoble de tambores… ¡el desierto de Gobi! Las imágenes me causaron tal impacto que se las mostré a mi papá y de paso desvergonzadamente le dije que me regalara una de esas motos, a lo que el muy sabio respondió, palabras más, palabras menos “¡pfff, oigan a este! Trabaje y cómpresela usted”. Y bueno, la cosa no pasó de ahí, las imágenes de la 1100 en Gobi cayeron en el anaquel del olvido hasta que hace unos días, por esas vueltas del destino, me subí al primero de los cinco aviones que debía tomar para llegar a ese desierto a vivir la aventura que soñé en esas páginas de hace casi dos décadas.

Entonces, ¿cómo y por qué meterse en este boroló de aviones, jet lag y demás? Empecemos por lo segundo: porque sí, porque ¿por qué no?, porque se presentó la oportunidad en la forma de una invitación de Ruta 40, distribuidor de la marca alemana en Medellín, para ir a recorrer durante seis días las exóticas tierras mongolas tras las trazas del GS Trophy que se había disputado durante los días previos a nuestro viaje, por aquellas mismos caminos, con la salvedad obviamente de que nosotros, los turistas, no realizaríamos ninguna de las pruebas disputadas por los participantes en la competencia también organizada por la marca bávara.

Ahora el cómo: con mucha logística en primer lugar, aunque en aras de la verdad la gente de la empresa Viajes a Fondo no parece creer mucho en eso del servicio al cliente y en lo único en que hace honor a su nombre es en cómo le sacan a fondo a uno la piedra con tanto enredo, malas recomendaciones y precios inflados. Fueron necesarios cinco vuelos y nueve días para llegar a Ulán Bator, la capital mongol. De esos días tres los pasamos en Barcelona mientras llegaban los colombianos que faltaban, y otros dos en la ciudad rusa de Irkust, recomendadísima por la mentada agencia de viajes española, y que resultó ser de lo menos interesante que hayamos visto en nuestras vidas. Además del tiempo y los cambios de avión y traslados, el otro gran atenuante fue las no pocas peripecias a las que debimos recurrir para poder distribuir el equipaje (que incluía el traje completo de moto, casco, botas off, chaquetas, etc…) para tratar evitar una multa por sobrecarga que en últimas no logramos evitar.

En el aeropuerto internacional Gengis Kan, nombrado en honor a uno de los más grandes conquistadores de la historia, nos recibió Byambaa una simpática mujer que sería la encargada de lidiar con todos los vericuetos de nuestra estadía en su país, de allí nos llevó hasta el campamento de yurtas, típicas tiendas de campaña mongolas otrora fáciles de armar y transportar y desde siempre usadas por los nómadas, pero que, como en el caso de las que nos tocaron, habían dejado atrás su pasado trashumante para convertirse en inamovibles testimonios de un estilo de vida completamente distinto al nuestro, y por supuesto, magníficamente preparadas para recibir al turista ofreciendo todas las comodidades, excepto por el baño, a ese había que ir caminando un cierto trecho hiciera frío o calor, lluvia o sol. Tras habernos instalado pasamos a la mejor parte del día cuando fuimos a escoger nuestras monturas para los siguientes días.

La cosa fue así: en un patio armado entre contenedores de carga nos esperaban 30 unidades de GS 1200 Rally, que si mucho tenían 1.500km de uso. Y uno podía entrar y escoger la moto que le gustara, así porque sí, como un rico estrafalario que va y escoge la moto de acuerdo al color de los calzoncillos o al estado de ánimo del día (salvo que aquí todas eran del mismo color, pero igual, se entiende la analogía). Escogíamos la que más nos gustara y los mecánicos nos ayudaban a ponerla a punto, acomodando el manubrio, la altura del asiento o de los posa pies, cositas simples, le instalamos una “tail bag” nueva y del tamaño que quisiéramos ¡y listo!¡Moto nueva para cada uno! De la escogencia pasamos a la reunión de pilotos en la que al mejor estilo de un jardín de preescolar, que es también muy propio de las actividades de la marca teutona, uno a uno, empezando por los guías, nos fuimos presentando. Incluyendo al personal de Enduropark Andalusía, organizadores del evento, el grupo constaba de 24 personas, dos de ellas mujeres (una colombiana y una alemana), de los cuales 8 colombianos, varios libaneses y unos belgas a los que aduras penas les escuchamos la voz porque en ningún momento del paseo quisieron mezclarse con nosotros, los libaneses en cambio ¡qué tipos tan parchados!

Primeros 3 días

Temprano en la mañana arrancó la caravana compuesta por los 24 motociclistas, más 4 de la logística que incluía camionetas de asistencia y servicio médico. El inicio del recorrido no fue precisamente de lo más entretenido, si algo queda claro es que una carretera asfaltada en medio del desierto mogol solo conoce una línea, la recta, y así fueron los primeros 130 de los 450km que habríamos de recorrer aquel día, tan soporífera era la cosa que si mal no estoy alcancé a tener dos micro sueños que solo pude solucionar con una sospechosa y pequeña lata de Red Bull color dorado. Al cabo de ese primer tramo nos adentramos finalmente en el terreno que veníamos esperando, vastas zonas de tierra firme que se mezclaba con parches de arena suelta, como especie de pozos o piscinas que te pueden mandar al carajo si no estás atento. Estando en esas, leyendo el terreno, buscando el paso más firme, tomándole el pulso a la cosa, sucedió como suele suceder, que me asalta esta verraca sensación de “yo para qué carajos me vine a esta maricada… ¿y si me quiebro el orto, y si acabo con esta moto?, ahora mínimo me doy contra un camello y vuelvo a Colombia con las patas por delante…”

Afortunadamente nada de lo anterior sucedió, al menos a mí, porque uno de los libaneses sí me clavó por detrás (ojo a la ausencia de la forma átona del pronombre personal en tercera persona, “lo” en la frase, no vayamos a tergiversar por favor ni a hacernos ideas equivocadas), por ir más pegado de lo necesario, y a uno de los belgas en una de las paradas a descansar la moto le dijo basta y por más que los guías trataran de revivirla esta se ranchó y no hubo otra opción más que meterla casi a rastras en una de las camionetas UAZ que conformaban el equipo de acompañamiento. La moto dañada se cambió por otra que llevaban de repuesto y así quedó todo resuelto. Más tarde llegó la pausa para almorzar en la mitad de la nada refugiándonos del sol bajo la sombra de las UAZ (a medio día la temperatura llegaba a los 38 grados mientras que en la noche descendía hasta los 6°), y más tarde de nuevo en marcha por las tierras yermas de Gobi mientras una canción se repetía incansablemente en mi cabeza:

…“And the sky with no clouds
The heat was hot and the ground was dry
But the air was full of sound

I’ve been through the desert on a horse with no name
It felt good to be out of the rain
In the desert you can remember your name
‘Cause there ain’t no one for to give you no pain…

la la laaaa  lala lala lala”…

 

Este primer día también sirvió para que los guías terminaran de filtrar los grupos según la habilidad de cada quien; ya la noche anterior durante la presentación nos habían pedido que nos “ubicáramos” en uno de tres grupos: “Latte” para los ñoños, “Capuccino” para los tibios y “Xpresso” para los tesos, por supuesto no faltó al que el guía le pidiera que se bajara de nivel. No a mí, yo logré ir decorosamente en el grupo del medio.

Para cuando se dejó caer la noche ya todos estábamos acomodados en el campamento de Tsagaan Suvarga, listos para la comida que incluía entre otras exquisiteces, sesos de oveja y cuero de caballo frito, o para los más flojos de estómago, pollo y/o res asada, lo que tampoco nos libró enteramente de sospechas por nuestra salud pues lo que menos habíamos visto habían sido vacas pastando a la vera del camino.

El segundo día fue el más difícil por las condiciones del camino, íbamos avisados de esto, qué las arenas sueltas, qué los pasos de ríos secos con mucha arena… “¡¿Quién pidió pánico otra vez?! ¡Para qué vengo a estas vainas!” y al final fue una vez más cosa de juegos mentales, no porque estuviera fácil el camino, de hecho uno de los expedicionarios justificó con su caída el que nos hubieran pedido los datos de la tarjeta de crédito durante la presentación tipo preescolar, “solo por si acaso”, pero tampoco llegó a ser tan tremendo como lo pintaban.

Ese día nos encontramos con una de las escenas más llamativas de todo el viaje: resulta que allá, en el medio de la nada, en medio de esa tierra digna de Bear Grills o cualquiera de esos mega supervivientes, de repente nos encontramos con un cúmulo de camellos y ovejas que convivían en estrecho círculo agolpados alrededor de algo, y aparentemente a la espera de que algo sucediera. Al acercarnos nos dimos cuenta que en efecto, estaban todos reunidos junto a un pozo de agua, entonces cuando alguien va, saca agua y esta se riega por unas canales de las que se benefician todos estos animales. Tras el pozo, y tras varios kilómetros de arena, tierra y piedras, dimos con el ventiúnico árbol de la región, bajo su sombra terminamos todos resguardándonos del calor para descansar y recargar fuerzas. El resto de la etapa hasta el campamento de Dalanzadgad estuvo marcado por los tan mentados pozos de arena en los que cuando entrabas, honestamente no sabías si ibas a salir sobre dos ruedas de cuenta de los coletazos tan violentos que en muchas ocasiones daban las motos.

Llama la naturaleza, nada que hacer, a la vejiga no le importa ni la hora, ni el frío, ni que el baño esté a no sé cuantos cientos de pasos de mi cama, ni modo tampoco de considerar cambiarle el agua al canario por ahí afuerita de la yurta porque desde el principio nos habían avisado/exhortado a NO hacerlo so pena de estrictas represalias. Habiendo atendido el llamado en un baño que nada tiene que envidiar al de un hotel occidental bien pupy, y ya con el sueño disipado, no quedaba de otra más que esperar la hora en que abrieran las puertas del restaurante mientras deambulaba como alma en pena por el campamento cubierto con una manta y en espera de que algo pasara, y lo que pasaba es que amanecía, obvio, pero con un amanecer de esos en los que si prestas suficiente atención puedes escuchar la obra de la creación de este mundo. El negro insondable de la noche se transforma en un azul profundo, profundo, que luego, matizado con la más completa paleta de púrpuras y dorados da paso a mil y un tonos de luz iluminando todo a tu alrededor.

El inicio de la tercera jornada nos llevó a través de un desierto infinito, abriendo nuestro propio camino sin huellas que tomar como referencia y a velocidades a las que nadie quisiera caerse, en mi grupo íbamos alrededor de los 120km/h y los Xpresso según contaron, alcanzaron a ver los 200 en el tablero de sus motos. Del desierto pasamos al Parque Nacional Gobi Gurvan Saikhan, donde hay un museo con nada para ver, y donde se encuentra también el Yolyn Am  (Cañón de los Buitres), una increíble garganta de piedra que se abre paso a través de la montaña, en medio del que corre un arroyo que nace producto del deshielo de las paredes del cañón y en las que aún por esta época del año es posible ver bloques enteros de agua congelada.

Afuera de la garganta tuvimos la pausa para almorzar y mientras lo hacíamos, como era ya frecuente, una señora muy amable y muy querida, bendijo las motos con un pequeño ritual salpicándolas con algo que parecía ser leche de Yak, o de oveja, de algún cuadrúpedo en cualquier caso. Luego del almuerzo partimos hacia las famosas dunas de Gobi y el campamento Gobi Erdene, ahora ¿qué no podía faltar en pleno paseo por el desierto? El lapo de agua. Con los cielos más negros que la conciencia del #ManEnLaIslaDeMan, de sus entrañas cayeron truenos y centellas como en los tiempos del apocalipsis, caían montones de agua pero el desierto de piedra estaba tan seco que no alcanzaban a formarse pozos ni pantaneros. El apocalipsis fue cosa de un ratico solamente, de manera que a la llegada al campamento ya estábamos secos, organizados y agotados, con ganas de ducha caliente, ropita limpia, una buena comida y un buen descanso como preparación para las siguientes tres etapas, que marcarían la vuelta hacia Ulán Bator y, según nos decían, a unas tierras completamente distintas de las que habíamos recorrido hasta ahora.

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